Mi primer encuentro con una resonancia magnética
Mi primer encuentro con una resonancia magnética fue alrededor de los 6 años de edad. Como cualquier niña curiosa, propio de esta etapa de desarrollo, me encantaba ver documentales de mayores (como los 10 animales más peligrosos del mundo) que se pasaban en “Animal Planet” y otros canales de televisión similares. Pues no recuerdo muy bien en qué preciso momento sucedió que, disfrutando de un rato de televisión curiosa, me encontré con un documental sobre neuroimagen y músicos. En el transcurso del show, mostraban cómo se introducía a un músico en una extraña cápsula para “ver su cerebro”, y por tanto, distinguir las diferencias que le hacían especial.
En ese entonces era muy amante de la música, me encantaba cantar y considerarme parte del grupo que tenía un “lugar especial” en el mundo musical, algo así como un super poder. Pues recuerdo que en la resonancia magnética de esta persona se observaban notas musicales cuando hacían sonar una fuerte y apasionante música de orquesta. Nótese que es imposible que la imagen cerebral haya detectado las figuras que conceptualizan a las notas, pero para una niña de 6 años esa conclusión de verlas en el cerebro parecía ser lo más apropiado para almacenar en la memoria. Y es así como creí que los músicos tenían notas en sus mentes. Notas claras y visibles. Desde ese día siempre siempre pensé que mi cerebro también las dejaría ver, pues la música era lo mío, estaba lista para convertirme en uno de ellos. Hoy en día siempre que escucho música, o me dejo llevar por los instrumentos que dan luz a mi vida, imagino a mi cerebro, bajo el foco de una resonancia magnética, brillando y dejando ver a cientos y cientos de notas musicales, de todos los colores, de todas formas, libres dentro de mí.

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