Joaquín y la víctima de la educación del carácter
Le escuchaba aburrido y un tanto confundido. No sabía por qué lo habían traído ahí. El calor era abrumador y los destellos entraban sin filtro por los huecos que dejaban los ventanales sin vidrio. Que ridículo era intentar encajar esta conversación en este lugar. La "honestidad" extraña en estructura y semántica. Contradictoria a todo esfuerzo de supervivencia. Entonces, perdido en su queja y malestar, se le ocurrió detener lo absurdo de la situación. Se acercó sigilosamente a la primera fila, sentándose en el espacio siempre libre, porque era tan cerca e intimidante que quien se sentaba ahí se volvía vulnerable. Y con una mirada desafiante quiso hacer un comentario que generase risa y burla, para destrozar aquel ambiente de seriedad y atención. Pero entonces algo sucedió, él le miró. Y no hizo nada más que mirar, con grandes ojos verdes, traídos desde muy lejos. Se quedó perplejo ante la intensidad de esa mirada, pero rápidamente sintió una gran paz. El hombre le sonrió suavemente y junto con su esbelta figura y su alto y majestuoso caminar, se alejó.
Ese mismo día, unas horas más tarde, jugando cerca de aquel sitio, se encontró con el objeto de sus anhelos, nada más y nada menos que aquella nueva tabla futurística: un "iPad" ¡Su compañero Joaquín lo había olvidado! Orgulloso de su suerte y buena fortuna se acercó, para tomarlo, sin dudarlo.
Al llegar a casa, rápidamente y con una mirada llena de avaricia, se aproximó a esconderlo debajo del colchón. Pero de pronto una imagen inquietante inundó su mente. Unos ojos verdes, llenos de paz, de bondad. Unos ojos que detrás de una sonrisa hablaban de la honestidad, del bien vivir, de la empatía, de aquel curioso fenómeno de abandonarse por unos segundos y vivir la vida desde el escudo de alguien más. Ojos que hablaban y vivían aquello que predicaban. Pensó en Joaquín. Seguidamente una gran tristeza y una angustia desgarradora inundaron su corazón.
Al día siguiente, en el salón, regresamos a ser solamente ojos oscuros, antiguos, conocidos y vecinos. Aquí me encontraba yo, triste y desconsolado, sentado en mi sitio. Entonces alguien se plantó enfrente de mí, agobiándome con su insistente presencia. Levanté la mirada, y un niño de la clase me tendió su mano, su sonrisa era insultante. Mire de nuevo, su mano no estaba vacía. Con un gesto de orgullo dejó sobre mi pupitre mi iPad. Y con gran naturalidad dijo que yo lo había olvidado ayer al jugar. Entonces desapareció todo, el temor a lo que dirían mis padres, la preocupación por el dinero perdido que todavía debíamos pagarle a mis abuelos, la desilusión de mis primos al saber que había extraviado nuestro gran proyecto (que los meses de súplica e interminables tareas no habían servido de nada). Ese proyecto que nos hacía sentir normales, especiales, libres. Entonces me pregunté que si algo dentro de mi nuevo amigo se habría removido como sentí yo que me removía ayer.

1 comments
Precioso!
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