Se pensará, de primeras, que la nieve en primavera es por sí sola un hecho sorprendente. Y que, un día así, no necesita de nada más para ganarse un sitio muy especial en los tesoros de la memoria. Pero, a veces sucede que algo más ocurre y qué mejor forma de vivir una situación como esta que emparejándola con otra también tan inusual. Sin más rodeos, he de decir que el evento inusual del día de hoy ha sido tener la grandísima suerte de observar, mediante un microscopio, neuronas en carne y hueso.
Entonces, después de conocer sobre el proceso de preparación de la muestra y escuchar historias sobre los inicios de quien nos guiaba, nos enfrentamos, junto con mi equipo, a miles de láminas llenas de muestras con distintos cortes, principalmente coronarios del estriado, y tejidos con distintos tipos de tinción. Es necesario hacer aquí una aclaración técnica (dependiendo del tipo de tinción son ciertas estructuras las que podemos ver debajo del microscopio, se pueden teñir somas, fibras, glías, etc.). Pues bien, lo que vimos hoy es muy difícil de poner en palabras. Y todo fue tan progresivo que comenzó con un “wow” y terminó siendo un suspiro de gran admiración profunda casi reflejo.
No quiero abusar de las palabras y hablar de lo de hoy presenciado como algo espectacular sin mayor argumentación y utilizando infinidad de adjetivos calificativos. Pero tal vez en esta ocasión es válido contar por completo con la experiencia subjetiva que tuvo lugar. Pues el lente más importante no es el del microscopio, sino el de aquel que a partir de las imágenes que este le arroja, es capaz de percibir una obra de arte.
Ahora quisiera congelar ese momento, y guardarlo en una bola de cristal (no podría faltar la nieve de primavera que rodeaba al laboratorio), ese momento en el que vi claramente el soma, y sus dendritas, tan perfectamente inconfundibles. Sorprendente. Había visto tantas imágenes, pero estas, estas estaban ahí, eran reales, inesperadas, y desfilaban ante mis ojos solo con la única intención: hacer a aquella chica que no conseguía enfocar por mucho tiempo, maravillarse. Y las horas volaron, podíamos haber pasado ahí muchas horas más, pero la realidad llamaba a la puerta. Otra vez me pregunto, si algo dentro cambia cuando se presencia algo así.
Para dejar constancia de lo visto, recuerdo: neuronas cerebelo de ratones (en fila se dejaban ver los cuerpos de las neuronas de Purkinje), neuronas colinérgicas del estriado (grandes y jorobadas), neuronas periacueductales con tinción de Nissl, también de Gallyas. Algo de hipocampo, todo coronal.
Hoy reitero mi sí, mi sí de cara a conocer más, de no olvidar lo que sucedió hoy, y de seguir soñando con formar parte de este mundo, en el que descubres un código detrás del universo que habitas, un código que está ahí, esencial pero invisible a los ojos. Qué gran responsabilidad es la pasión que puede sentirse cuando se tiene esta oportunidad. Qué gran responsabilidad para el mundo poner esta pasión a disposición del saber y de los demás. No se muy bien por donde lleva este camino, no sé muy bien si seré capaz de recorrerlo. Pero empiezo por aquí, por querer dar mucho, por querer poner la ilusión al servicio de algo que va más allá de mí, que me trasciende; por comprometerme a formarme, a tener ideas, y a aportar una piececita de puzle a este gran laberinto que es la persona, la vida humana, natural y espiritual, este conocimiento que necesita ser desenvuelto poco a poco.
Que sorprendente es el regalo de la vida, que afortunada me siento por vivir. Gracias a cada gran mente que vivió esta experiencia junto a mi, gracias a nuestro mentor, cuya mente es un misterio y cuya generosidad es capaz de cumplir los sueños de sus alumnos. Que bonito es trascender la realidad acompañado de gente tan espectacular.